AMOR ANIMI ARBITRIO SUMITUR, NON PONITUR.
Elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de amar.

Publio Sirio

SiempreConmigo...

lunes, 27 de febrero de 2017

Cartas desde Barbastro, lazo blanco -11-





                                            En el tren, es sábado y es desasosiego


Ángel,
Dios mío,
si estuvieras aquí.

Saco otra vez tus cartas del bolso y compruebo que me acompañas en todo momento. Te leo una y otra vez, algo nerviosa, rebusco detrás de cada frase detalles ocultos que me hayan podido pasar desapercibidos, que sepan y que huelan a ti, que consigan hacer la distancia más corta y menos dolorosa. Y que me acompañen en este viaje.

Pasan los árboles deprisa, pasan los latidos acelerados, pasan los recuerdos y se detienen en la ventanilla, como escenas que tu dios ha permitido por algún definitivo motivo, de bocas y besos, de aliento y sudor, secuencias de sal, de caricias y de piel que se desnuda a escondidas y se nos arrodilla ante la belleza, antesala del amor. Pasan los kilómetros también deprisa, si te abstraes en un punto, parecen una línea inexorable, sueño que hacia ti.

Recuerdo cada instante contigo, ahora que no hay nadie en el vagón puedo hacerlo libremente, y cerrar los ojos, y volver a traerte, a posar mi mano  y acariciarme como solo tú me acaricias. Recorrer pausadamente mi cuerpo, hasta conseguir dejarme sin respiración, siento mis dedos con tus dedos, juntos paseando sin pausa, sin descanso y si duda. Cual liturgia repetida, te acercas y te quedas, y me bebes y me haces. Y yo me deshago.

Ángel, estás aquí, aún con más presencia si cabe, acompañándome, haciendo que no sienta ni el frío ni el cansancio ni las penas, diciéndome con los brazos abiertos "-Ven, Alma mía", y soy yo la que está aquí hundiéndome en ellos como si nunca más fueran a abandonarme. Quizás sea esa la única palabra de dios, y no otra, la palabra que existe más allá de la tentación y el deseo, la palabra que los amantes no alcanzan jamás a escribir.

Hace unos meses mi respuesta a tu carta hubiera sido no, no y no. Sobran los motivos, ambos lo sabemos. Pero creo que tengo derecho a no poner más en duda, al menos, mi amor. Que es lo único que realmente poseo. Así es que debo decirte que te deseo, y que tengo urgencia de verte llegar con la sotana negra, caminando hacia mí, siempre ese ritual del silencio y la caricia y el beso en el cuello, y poner mi mano sobre la tuya en mi pecho. Y entregarnos, como si no existiese otra posibilidad, ni mejor lugar para incluso morir si hiciese falta. Que siento necesidad de usted y de ti. Que te quiero, amor.


Pienso de repente en la gente que dejo, por suerte, atrás en el pueblo... qué vileza y cuánta ruindad, no es enfado lo que siento, sino lástima, qué más decirte de ellos... cómo se puede condenar a nadie por amar, cómo han podido atreverse sin saber a juzgarnos, precisamente aquéllos que yo en algún momento pensé quizás superiores o con más oportunidades, y que ahora en cambio me despiertan náuseas al descubrir que están muy por debajo de mi familia y de ti, Ángel. Les detesto, Padre Ángel, seguramente debería confesarme. Mas no lo haré con nadie más que con usted, y es usted quien lo sabe y debe saberlo. Nadie más.

De entre todos ellos, por increíble que parezca, la única persona que traigo en el equipaje se llama, lo sabes, Magdalena. Me ha preparado una fiesta de despedida sorpresa, con sus amigos en aquella casa de la que te hablé. Bebimos, reímos, hablamos, me dieron unos regalos preciosos, bebimos más, y no pude participar en ninguna de las escenas de sexo que por cierto me dejaron presenciar, porque solamente siento deseo de ti, Ángel, esa es la verdad, y en cuanto les mostré mi sentir,  así lo respetaron todos. Mucho humo, poca luz, tantas manos como lujuria. Todas esas personas sin nombre me respetan y me parecen más honestas y leales que el resto. Suena extraño pero hacen que me sienta a gusto y en paz, sin más. Sospecho que sabes de qué y quiénes hablo...  Y aunque puedo imaginar que no te guste leerlo, quiero compartirlo todo contigo. No sé cómo acabé durmiendo en la misma habitación de entonces, las mismas sábanas suaves de raso que acaricié hasta rendirme al sueño, la misma música; la recuerdo tímidamente cuando se acercó a arroparme, y me besó con tanta ternura, como seguramente solo una madre o un padre saben besar.


Escribir cartas es una posibilidad, aun sabiendo que insuficiente y que puede dar lugar a malas interpretaciones incluso, es el único modo de tenerte. Puedo tocarte en la distancia, pero también te necesito de cerca, tan cerca que te sienta dentro. Los besos que te llegan son los más cálidos que puedo escribirte, pero el ansia de poder dártelos es una fuerza sobrehumana que no sé tramitar. Las cartas permanecerán, pero nosotros, sucumbiremos sin el tacto y la mirada, y esa idea me carcome, me recorre y me corroe algunas, muchas, casi todas las madrugadas. Soy valiente para mirar hacia delante e imaginar el futuro contigo pero ahora debo estar centrada también y con los pies en la tierra, y cuidar de mí y de nosotros, más que nunca.

No sé realmente porqué escribo, seguramente los nervios. No del viaje, ya imaginarás que es la primera vez que salgo de mi tierra, sino más bien por dejar atrás a Manuel, con una tos que no acaba de curar, y más abuelo que nunca. Ha sido una despedida muy triste, por mi parte, a pesar de mi sonrisa no pude ni quise disimular los ojos vidriosos detrás del cristal y esas pocas lágrimas que huían furtivas; mi sonrisa era enorme, del mismo tamaño que mi dolor.  Y en cambio tremendamente acertada por su parte, como siempre, cuando me abrazó fuerte y me susurró muy tranquilo al oído:

"Mi niña, no debes quedarte en un lugar que no puedes florecer libre, aunque te guste. Imagínate por un instante que lo arriesgas todo y que todo sale bien. Vete, Alma mía, yo estaré contigo, como siempre."

Estoy llorando.

No sé qué me pasa, lloro muy a menudo. El vagón también llora su recorrido en silencio, y en el vaho del cristal, al respirarte cerca, dibujo ya sin miedo, tu nombre.


Tu deseo de vernos, es imposible que sea más fuerte que el mío.
Sabré esperarte unos meses, y también creo que sabré esperarte toda la vida.


Tuya
siempre

Alma,

tu amor
ojalá mañana,
tu esposa.



                                                       Domingo, ya en Barcelona

Ángel,  unas palabras para decirte que he llegado bien, y que me han ido a buscar a la estación, parecen muy amables, estoy segura de que lo son. Será fácil trabajar para ellos, y adaptarme a esta ciudad y a su gente. Esta casa está llena de libros, al menos no estaré sola. Mañana escribiré más.

Por favor, no dejes de escribirme estos meses, mientras tanto llega el día en que podamos vernos aquí. Dime si puedo hacer algo, esperar me sabe a demasiado poco.



2 comentarios:

  1. La valentía de la lucha. Gracias por esta carta.

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  2. Aristóteles consideraba más valiente al que conquista sus deseos, que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre una mismo...
    Gracias a ti por leer las cartas que te llegan...
    besos anónimos
    ;-)

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